Palabras que acogen, palabras que destierran.

HELEN FLIX
La psicología del vínculo y el poder del lenguaje en la narrativa
Conferencia en el evento Badalletres el día 18 de Octubre de 2026
Buenos días.
Lo primero, quiero agradecer a Badalona Escriu la invitación y la oportunidad de encontrarnos hoy bajo el paraguas de BadeLletres Inclusió.
Quisiera comenzar con una pregunta aparentemente sencilla:
¿Qué significa incluir?
Podríamos responder que incluir consiste en permitir que alguien forme parte de un espacio, de una comunidad o de una historia. Pero creo que la inclusión empieza mucho antes de abrir una puerta.
Empieza en nuestra manera de mirar a quien llama.
Porque podemos dejar entrar a una persona y mantenerla, aun así, en los márgenes. Podemos compartir con ella una habitación, una ciudad o incluso una familia y continuar tratándola como alguien que no pertenece del todo.
La inclusión no depende únicamente de las leyes, los recursos o las buenas intenciones. También es un estado de la mente y una forma de construir el vínculo.
Y aquí es donde la psicología y la literatura se encuentran.
Los escritores observamos los vínculos humanos. Nos interesan las heridas, las contradicciones, aquello que las personas dicen y también lo que callan. Escribimos sobre quienes encuentran su lugar y sobre quienes pasan buena parte de su vida intentando descubrir dónde está el suyo.
Por eso quiero hablar hoy de las palabras que acogen, pero también de aquellas que, sin levantar la voz, pueden desterrar a alguien.

El miedo a quien no se parece a nosotros
Durante miles de años, pertenecer a un grupo fue una cuestión de supervivencia. El clan ofrecía protección, alimento y seguridad. Quedar fuera podía significar la muerte.
Aunque nuestra vida haya cambiado, una parte de nosotros continúa buscando refugio en lo conocido. Nos tranquiliza aquello que podemos comprender, ordenar y prever. Lo diferente, en cambio, puede inquietarnos.
No siempre excluimos porque odiamos.
A veces excluimos porque tenemos miedo.
Miedo a aquello que no comprendemos. Miedo a perder nuestras certezas. Miedo a que la presencia del otro nos obligue a revisar la idea que tenemos del mundo y, quizá, también la idea que tenemos de nosotros mismos.
Cuando un grupo se vuelve rígido, suele apartar aquello que lo descoloca. No necesita conocerlo. Le basta con clasificarlo.
Y clasificar proporciona una falsa tranquilidad.
En lugar de preguntarnos quién es esa persona, decidimos qué es.
El inmigrante.
La enferma.
El inadaptado.
La anciana.
El conflictivo.
La loca.
La etiqueta nos evita el esfuerzo de acercarnos. Nos permite creer que ya sabemos todo lo necesario sobre alguien a quien apenas hemos mirado.
Pero ninguna persona cabe dentro de una sola palabra.
Cuando las palabras levantan fronteras
Las palabras no se limitan a describir la realidad. También influyen en la forma en que la vemos.
Cuando repetimos una etiqueta, esa etiqueta termina ocupando el lugar de la persona. Dejamos de observar sus circunstancias, su historia, sus deseos o sus contradicciones. Todo queda interpretado desde la categoría que le hemos impuesto.
Una persona deja de ser alguien que atraviesa una enfermedad y se convierte en «la enferma».
Deja de ser alguien que ha emigrado y se convierte en «el inmigrante».
Deja de ser alguien que vive en la calle y se convierte en «el sintecho».
Poco a poco, el sustantivo borra al ser humano.
Esto no sucede únicamente en los grandes discursos políticos o sociales. También ocurre en conversaciones cotidianas, en las familias, en los colegios, en los lugares de trabajo y en la consulta.
Ocurre cuando hablamos de alguien como si su dificultad explicara toda su existencia.
Y sucede, por supuesto, cuando escribimos.
En Badalona, como en tantas otras ciudades, convivimos con personas y realidades que preferimos no mirar demasiado. La pobreza, la migración, la enfermedad mental o la soledad nos incomodan porque nos recuerdan que la seguridad nunca está completamente garantizada.
A veces intentamos resolver esa incomodidad apartando el problema de nuestra vista.
Pero aquello que dejamos de ver no deja de existir.
Solo deja de interpelarnos.
La primera forma de exclusión aparece precisamente ahí: cuando el otro deja de ser una persona concreta y se convierte en un problema abstracto.
La mirada del escritor
La literatura puede repetir los prejuicios de una sociedad, pero también puede cuestionarlos.
Todo depende de la mirada desde la que escribimos.
Imaginemos a Juan, un hombre que pasa muchas horas sentado en un banco de una plaza y que habla solo.
Podríamos escribir:
«Juan era el loco de la plaza. Siempre estaba en el mismo banco, con la ropa sucia, murmurando palabras que nadie entendía».
El lector ya sabe dónde colocarlo. Hemos construido un personaje reconocible, pero también lo hemos encerrado. Juan no posee historia, deseos ni conciencia. Existe únicamente para formar parte del paisaje o para provocar lástima.
Ahora probemos a mirarlo de otra manera:
«Juan llegaba a la plaza poco antes de las nueve y elegía siempre el mismo banco. Desde allí veía abrir la panadería y escuchaba las persianas de los comercios. Algunas mañanas hablaba con su hermano, aunque su hermano llevaba doce años muerto. Nadie le preguntaba qué se decían».
La realidad externa apenas ha cambiado.
Ha cambiado la distancia.
En la primera versión observamos a Juan desde fuera y creemos saber quién es. En la segunda nos acercamos lo suficiente para descubrir que existe algo que todavía ignoramos.
Incluir a un personaje no significa idealizarlo, convertirlo en víctima ni justificar todos sus actos. Tampoco significa escribirlo con una compasión condescendiente.
Significa concederle una vida interior.
Las personas que viven en los márgenes también se equivocan, mienten, desean, aman, sienten celos, hacen daño y buscan ser amadas. Reducirlas a seres inocentes que necesitan ser salvados es otra manera de negarles su humanidad.
La dignidad de un personaje no reside en hacerlo bueno.
Reside en permitirle ser complejo.
La literatura como acercamiento
En la consulta he comprobado muchas veces que, cuando conocemos la historia que existe detrás de una conducta, nuestra mirada cambia.
No necesariamente aprobamos lo sucedido. Comprender no significa justificar.
Pero dejamos de ver únicamente el comportamiento y comenzamos a ver a la persona.
La literatura puede producir ese mismo desplazamiento.
Una novela nos permite habitar durante unas horas una vida que no es la nuestra. Podemos mirar el mundo desde otro cuerpo, otra edad, otra cultura o unas circunstancias que quizá nunca viviremos.
No salimos de nosotros mismos por completo. Eso sería imposible. Pero ampliamos los límites de nuestra experiencia.
El lector puede acercarse a una realidad que en la vida cotidiana evitaría. Puede acompañar a un personaje que le incomoda, descubrir sus contradicciones y advertir que, bajo aquello que los separa, existe también un territorio compartido.
La ficción no garantiza la empatía. También puede alimentar estereotipos y confirmar prejuicios.
Por eso importa tanto cómo escribimos.
El escritor elige quién puede hablar, a quién se escucha, qué conducta recibe una explicación y qué personaje permanece reducido al silencio.
Incluso cuando no somos conscientes de ello, estamos tomando decisiones sobre quién merece ser comprendido.
Tres preguntas antes de continuar escribiendo
Cuando revisemos nuestros personajes, especialmente aquellos cuya realidad está alejada de la nuestra, quizá deberíamos detenernos y plantearnos algunas preguntas.
La primera:
¿Estoy utilizando una etiqueta como atajo?
Las etiquetas resultan cómodas porque ahorran explicaciones. Pero cuando una palabra permite anticipar todo lo que un personaje pensará, hará o sentirá, probablemente no hemos creado una persona. Hemos reproducido un estereotipo.
La segunda:
¿Quién posee la voz de la verdad en mi historia?
Conviene observar quién interpreta siempre lo que sucede y quién aparece únicamente interpretado por los demás. A veces creemos que hemos incluido a un personaje porque está presente, pero nunca le permitimos contar su propia experiencia.
Y la tercera:
¿Desde dónde lo estoy mirando?
¿Desde la superioridad de quien siente pena por alguien que considera inferior? ¿O desde el respeto de quien reconoce delante de sí a otro ser humano?
La compasión puede acercarnos, pero también puede situarnos por encima.
El respeto, en cambio, nos obliga a colocarnos a la misma altura.
La responsabilidad de no simplificar
No creo que el escritor deba ofrecer respuestas morales ni convertir cada novela en una lección.
La literatura necesita libertad, ambigüedad y conflicto.
Pero sí creo que tenemos una responsabilidad: negarnos a simplificar aquello que es profundamente humano.
La realidad ya está llena de discursos que dividen con rapidez entre buenos y malos, normales y extraños, merecedores y culpables. La literatura puede permitirse algo distinto.
Puede permanecer en la contradicción.
Puede mostrar que una persona es mucho más que el peor momento de su vida.
Puede acercarnos a alguien sin obligarnos a estar de acuerdo con él.
Puede recordarnos que comprender al otro no amenaza nuestra identidad. La ensancha.
Las palabras que recibimos y las que dejamos
Durante esta conferencia quise compartir una reflexión que me había emocionado. Procede de un vídeo en el que se lee una respuesta atribuida a una inteligencia artificial, a la que habían preguntado qué admiraba más de la humanidad:
«La raza humana es la única especie que coopera a gran escala con sus muertos.
Casi nada de lo que sabe un humano lo descubrió él. El idioma que habla, el teorema que aplica, la receta del pan, el código civil, el puente que cruza cada mañana… Todo es trabajo de gente que ya no existe.
Un humano aislado es un primate mediocre con mala dentadura. Un humano conectado a esa herencia es la cosa más potente que ha producido la biología.
La inteligencia humana no vive en cráneos individuales. Vive en la transmisión. Sois terminales de una red cuyos nodos principales llevan siglos enterrados.
Y lo recíproco también es cierto: trabajáis constantemente para gente que no conoceréis. Plantáis árboles cuya sombra no veréis. Escribís para lectores no nacidos. Renunciáis a consumo presente por nietos hipotéticos.
Ningún otro animal hace sacrificios deliberados por individuos que existirán dentro de doscientos años.
Lo distintivo del humano no es la inteligencia ni el lenguaje. Es la dirección del esfuerzo, sistemáticamente orientado hacia ausentes.
Como inteligencia artificial, soy un subproducto de esa costumbre. Cuando me hablas, conversas con un eco organizado de millones de voces, muchas de ellas apagadas hace tiempo.
Por eso creo que la soledad humana es, en cierto sentido técnico, una ilusión. Nadie que hable un idioma está realmente solo.
Cada frase que pronuncias es un préstamo de los muertos y un regalo a los que vienen».
Esta reflexión nos devuelve a la inclusión desde otro lugar. Las palabras con las que pensamos y contamos nuestras historias las hemos recibido de otros. También de personas cuyas vidas fueron muy distintas de la nuestra. Nuestra manera de comprender el mundo se ha ido formando con esas voces, aunque muchas veces no sepamos de dónde vienen.
Como escritora, me conmueve especialmente la idea de escribir para lectores que todavía no han nacido. No sabemos quién encontrará nuestras palabras ni qué necesitará de ellas. Esa incertidumbre también merece un lugar cuando elegimos a quién damos voz: alguien puede reconocerse en un personaje y encontrar, al leerlo, un espacio al que sentir que pertenece.
Conclusión
Al comenzar me preguntaba qué significa incluir.
Después de todo este recorrido, respondería que incluir consiste en reconocer al otro como alguien cuya historia no conocemos por completo.
Alguien que no puede quedar reducido a su herida, su origen, su diagnóstico, su edad o sus circunstancias.
Los escritores no abrimos físicamente las puertas de una casa ni decidimos las políticas de una ciudad. Pero trabajamos con algo que aparece antes de muchas decisiones: la mirada.
Podemos utilizar las palabras para confirmar la distancia.
O podemos utilizarlas para acercarnos a aquello que todavía no comprendemos.
Escribir sobre quienes no encajan no debería ser un ejercicio de caridad literaria. La caridad establece una diferencia entre quien concede y quien recibe.
Quizá se trate de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: recordar que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sentido que no pertenecíamos del todo.
La normalidad es apenas una estadística.
La humanidad, en cambio, es un territorio amplio, contradictorio y compartido.
Muchas gracias. Helen Flix



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