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El Umbral del año

  • Foto del escritor: Helen Flix
    Helen Flix
  • 17 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

Un relato poético sobre los pequeños gestos que cierran un año y abren otro. Helen Flix escribe sobre el poder simbólico de agradecer, soltar y reconciliarse con el tiempo.

Helen Flix


La última noche del año siempre le había parecido un umbral.           

No una meta, sino una puerta entreabierta.   

Mientras otros brindaban o hacían listas de propósitos, ella prefería el silencio.Una vela encendida, una taza de té y un cuaderno bastaban para empezar su propio ritual.

Encendía la llama con lentitud, como si cada chispa fuera una palabra no dicha. El fuego no solo iluminaba, recordaba. En su reflejo veía los rostros que habían pasado, las conversaciones interrumpidas, las risas que sobrevivieron a los días grises.Y en ese repaso silencioso, entendía que agradecer no era hacer balance, sino reconocimiento.

Las palabras la liberaban; por ello tomaba el cuaderno, abría la primera página y escribía sin pensar demasiado. 



Tres palabras bastaban: gracias, perdón, sigo.    

Eran su manera de reconciliarse con el tiempo, de honrar lo vivido sin exigirle explicación.

Después, doblaba un papel pequeño donde anotaba lo que deseaba dejar atrás: sus miedos, el cansancio, los juicios ajenos. 

No los rompía con rabia, sino con ternura.  

El fuego los convertía en humo, y el humo ascendía como si llevara consigo todo lo que ya no necesitaba guardar.

Afuera, la ciudad celebraba con ruido.   

Dentro, ella escuchaba otra música, el sonido leve de su respiración, el crepitar de la vela, el rumor del alma cuando se calma.

El silencio sanador.

Miró la llama una última vez y pronunció una frase en voz baja, sin saber si era oración o promesa:

“Elijo quedarme con lo que tiene sentido, aunque no todo tenga explicación.”

Entonces comprendió que los rituales que sanan no dependen de fechas, ni de lunas, ni de deseos escritos en un papel.

Sanar era eso, era estar presente. Dejar que la vida se acomodara sin empujarla, agradecer lo que fue y abrirse espacio para lo que viene.

Hizo el gesto final

Apagó la vela con suavidad.

En el aire flotaba el aroma de la cera tibia y una sensación de paz que no pedía nada más. No hizo propósitos. No pidió milagros. Solo deseó seguir reconociéndose en lo simple, en lo cotidiano.

A ti, que has llegado hasta el final de este pequeño relato, te deseo de todo corazón que tu 2026 esté lleno de paz y armonía.

Helen

 
 
 

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